Un tornado de ideas sobrepasaba de increíble manera la mente de aquél atormentado joven. No sabía lo que hacer, que decir. Era comprensible. Ni siquiera podía apartar la mirada de aquellos ojos que parecían ahondar en lo mas profundo de su ser hasta comprender cada ínfima nota del latido de su corazón. Aquellos hechizadores ojos no debían de tener mucho mas de 18 primaveras, pero aquella mirada transmitía sentimientos mucho mas profundos, mucho mas marcados que los que el joven debería tener aun con bastante mas edad. Transmitían una honda tristeza, una soledad infinita, un sufrimiento intrínseco. Era como si esos ojos cansados, pero infinitamente comprensivos, soltaran continuamente un grito sofocado. Auxilio tal vez. Comprensión. Resignación. No tenía realmente claro la finalidad del reclamo de esos ojos, pozos de oscuridad, pues parecía haberse extinguido hace mucho tiempo el brillo de la esperanza, de la ilusión. Pero, inexplicablemente, a esa mirada no le faltaba fuerza ni entereza. Podría enfrentarse a tempestades, a la lluvia que se escuchaba de fondo golpear contra el cristal, podría enfrentarse a personas, terremotos, al hambre, al frío. Pero lo que le quemaba el espíritu estaba mucho mas allá de lo físico, mucho mas allá de lo externo. Estaba en su interior.
Ni siquiera podía apartar la mirada de aquellos ojos que en tan solo unos pocos segundos le habían hecho replantearse hasta su propia existencia. Aquellos ojos se clavaban en su alma, haciéndole sentir completamente desnudo, como un libro abierto, ante él, pues parecía que podía leer cada uno de sus deseos, que sus emociones no tenían misterio para aquel individuo, que sus corazones latían al mismo ritmo.
No sabía que hacer ni que decir, solo podía observar como aquel individuo le arrancaba uno a uno sus secretos. No era necesario hablar. Se conocían muy bien, pero aún así, eran completos desconocidos.
Muy a su pesar, el joven apartó la mirada y suspiró.
Se sentía cansado.
Los dientes podrían esperar, ya se los lavaría por la mañana.
Se dio la vuelta, apagó la luz del baño y se marchó, dejando en soledad al espejo frente al que pasaba tantos momentos divagando, mientras intentaba descifrar su propia mente.
Ya se enfrentaría a su reflejo en otra ocasión.
A veces era demasiado duro para él.
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